«A cierto ángel rebelde y taciturno»: Palabras para la Segunda y nueva edición, ampliada (EL ANGEL NO ESCARMIENTA), del poemario MANIA DE ANGEL (1986), del cubano José Antonio Gutiérrez…


Por AMIR VALLE OJEDA.

Quizás haya sido una percepción generacional, una especie de shock que derrumbó muchos conceptos de lo que yo consideraba poesía, pero hasta hoy (como le sucedió al coronel Aureliano Buendía, en la mítica novela Cien años de soledad, cuando su padre lo lleva a conocer el hielo), nunca he logrado olvidar el día en que Eduardo Heras León, en 1986, luego de la ceremonia de entrega de los Premios 13 de Marzo de ese año, me llevó a conocer a José Antonio Gutiérrez, en una hermosa casa del Vedado, y allí, sentado en una butaca, en medio de la algarabía de una fiesta, donde todos brindaban e intercambiaban anécdotas cultas y chistes de todos los colores, pude leer el manuscrito de Manía de ángel, que acababa de ganar el Premio 13 de marzo 1986. Yo había ganado también ese concurso, en esa misma convocatoria, con mi primer libro de cuentos Tiempo en cueros. Poco después, ya impreso el libro y con la firma dedicatoria de puño y letra de José Antonio, volví a leerlo y el impacto fue el mismo:

El poeta es un hombre que reincide

su ángel no escarmienta.

                                          «Manía de ángel»,

                                 José Antonio Gutiérrez

Lo primero que habría que aclarar llegado este punto es que, aún cuando hoy ya ni siquiera existe, el Premio 13 de Marzo, convocado por la Universidad de La Habana, desde la década del 70, era un premio importante, que todo poeta, narrador, o ensayista joven, tenía que ganar, si deseaba entrar en la lista de nombres reconocidos en las letras cubanas. En simples palabras, si lo ganabas, te colgaban la etiqueta de «promesa de las letras» y, si luego obtenías el otro premio para jóvenes escritores, el David de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), sencillamente te consagrabas. Más allá de esa burda burocracia selectiva, lo cierto es que el Concurso 13 de Marzo premió y publicó libros, que hoy son considerados esenciales, para entender la literatura cubana. Manía de ángel es, sin dudas, uno de esos libros.

Corresponde entonces explicar por qué, al menos en mi caso (y me consta que en el de muchos otros escritores de mi generación), Manía de ángel provocó una verdadera conmoción. Y es que se trataba de un libro distinto, con una perspectiva nueva que resumía a la perfección las búsquedas de una generación que venía madurando literariamente, en medio de una silenciosa pero dura lucha por encontrar su estética y librarse de las perniciosas influencias «revolucionarias» de la concepción existente sobre qué debía ser y en qué temas tenía que concentrarse la creación poética. Eran tiempos en que figuras icónicas como Lezama Lima, Gastón Baquero, Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz, entre otros, habían sido silenciados mediante la conveniente priorización de la poesía «revolucionaria» y de nombres como Nicolás Guillén, Regino Pedroso, Mirta Aguirre, Félix Pita Rodríguez o incluso el Roberto Fernández Retamar postrevolucionario de libros como Revolución nuestra, amor nuestro (1976). También autores imprescindibles como Eliseo Diego, Cintio Vitier y Fina García Marruz habían sido marginados por su fe. Esa concepción impositiva provocó que autores de verdadero talento escribieran sus primeros libros bajo ese sello contaminante (baste recordar Papel de hombre, de Raúl Rivero, premio David en 1969, o La gente de mi barrio, de Reina María Rodríguez, también Premio 13 de Marzo en 1976), y que en la mayor cantera de escritores cubanos de esos años, los talleres literarios, con mucho desarrollo a nivel nacional gracias al apoyo estatal, se premiara básicamente la poesía que no fuera ni «escapista» ni «elitista», con preferencia selectiva hacia la poesía social. Agregaría además que, con mayor impacto popular que la poesía, la décima (género tradicionalmente apegado a la sabiduría popular, a la poética más genuina y natural del hombre de campo, al humor campechano del pueblo) perdió mucho de su esencia para convertirse en un mecanismo propagandístico de las luchas y las conquistas revolucionarias, siguiendo el modelo impuesto por poetas como Raúl Ferrer o Jesús Orta Ruiz, «el Indio Naborí» (quienes también escribieron décimas de altísimo nivel en temas «no epopéyicos» ─así llamó el ensayista Juan Marinello a cierta poesía militante─ o no pertenecientes a la «épica revolucionaria», y por ello no resultaban tan promocionadas oficialmente).

Curioso resulta entonces, en ese entorno, que en 1985 Ramón Fernández Larrea ganara el Premio Julián del Casal de la UNEAC, con El pasado del cielo (publicado en 1987); que justo en 1986 ganara también premio 13 de Marzo, junto a Manía de ángel, el libro de poesía Squeeze Place, de Emilio García Montiel, y que Sigfredo Ariel se alzara con el Premio David 1986 con Algunos pocos conocidos (editado en 1987). Eran cuatro libros con una estética absolutamente liberada de las ataduras moralizantes y socializantes, que esperaban los comisarios culturales y anunciaban lo que vendría después con la irrupción de libros también considerados hoy clásicos de la poesía cubana como El correo de la noche (1987), de Frank Abel Dopico; Con el terror del equilibrista (1987), de Damaris Calderón, El amolador de tijeras pregunta por su casa (1987), de Nelson Simón,A  y Todas las jaurías del rey (Premio David 1987), de Alberto Rodríguez Tosca, entre otros.

Manía de ángel, repito, era un libro que incluso se apartaba del resto de la poesía escrita en esos años por la universalidad intelectual de su mirada. Era, en palabras claras, una relectura de los conflictos existenciales del hoy a partir de símbolos, mitos e influencias culturales mayormente foráneas, pero ese «hoy» se refería a la búsqueda ontológica de un personaje que era asediado por miles de preguntas que, en puridad, podrían considerarse «no únicamente cubanas». El libro, anclado en el terreno de la simbología literaria proponía un diálogo con otros modos de enfrentar y entender la existencia misma del ser humano. No era, como sucede en otros poemarios aquí citados, la reflexión de un cubano de pie (un joven, una mujer, un homosexual, etc.) que cuestionaba su entorno sirviéndose de adquisiciones poéticas universales. Era una conversación donde, tanto el personaje lírico que encarna cada poema como el objeto de cuestionamiento (el tema en sí) y el medio de cuestionamiento (la mítica clásica, la sabiduría bíblica, la filosofía, las referencias culturales universales), confluían en un mismo escenario: ese mundo onírico recreado por ese Dios creador de universos que es siempre un escritor.   

Al referirse a la coincidencia de que José Antonio Gutiérrez naciera el mismo año en que nace la Revolución Cubana (1959), el ensayista y poeta Virgilio López Lemus no puede desprenderse en su prólogo de una tara con la que «la época» contaminaba la crítica literaria. Dice López Lemus que «Cuba cambiaba de faz, y las profundas transformaciones de todo tipo de la realidad cubana han continuado a lo largo de la vida del autor de Manía de ángel. Esto le concede doble interés al poemario: por su propio valor como obra poética y por cuanto pueda reflejar la vida y la sensibilidad cubana en su hoy, iniciada en el propio año en que el poeta nació«.

Si nos atenemos a ese criterio y aceptamos que Manía de ángel podría «reflejar la vida y la sensibilidad cubana en su hoy«, tendríamos que concluir que se trataba de un libro profundamente contrarrevolucionario. Incluso el único poema que se permea algo del espíritu de plaza sitiada que ha vivido Cuba desde 1959: «Línea de fuego», es un hermoso poema de amor: «estoy en línea de fuego con tu carne«, dice el poeta.

La amplísima cultura que reflejaba este libro; la profunda y personalísima interpretación que hacía el poeta de los mitos universales, de la filosofía, de las influencias culturales, etc.; y el anclaje mismo de cada poema en un escenario que muy poco tenía que ver con «lo revolucionariamente cubano» (tomo aquí prestado otro término que gustaba utilizar Juan Marinello en sus análisis culturales) estaban muy lejos de reflejar lo que ocurría en la vida y, todavía menos, en la sensibilidad cubana de esos años. Si acaso, siendo benévolos, reflejaba los intereses (generalmente bien ocultos, eso sí) de un pequeñísimo sector de la intelectualidad: aquella que ─pese a la intolerancia, la represión intelectual, los desastres en torno o derivados del «Caso Padilla» y del llamado Quinquenio o Decenio Gris─ no se había plegado a encerrarse en esa ostra de autofagia cultural realista-socialista que pretendía imponer la Política Cultural de la Revolución; escasos rebeldes a la sombra que se habían resistido a abandonar ese contrapunto enriquecedor y de retroalimentación que en todas las épocas tuvo la cultura cubana con la cultura universal, sabiendo que en las condiciones históricas de la Cuba «revolucionaria» se lanzaban al suicidio intelectual o, tal vez, apostando a que alguna vez llegaran tiempos mejores.

Otro de los rasgos distintivos de Manía de ángel en el momento de su publicación fue que su discurso eludía uno de los mayores defectos que plagaba la poesía joven cubana de esos años: la apuesta por el verbo oscuro, elíptico, por la metáfora indescifrable, por el andamiaje laberíntico del mensaje (resultado de la mala interpretación, diría yo indigestión intelectualoide, de las influencias lezamianas debido a lecturas clandestinas que mitificaban aún más al poeta de Trocadero). Más, la precisión es una de las grandes virtudes de este libro: «En esta confusión de planos que es la vida / él llego a improvisar una imagen perfecta» (dice el poeta en «Epitafio apócrifo») o «Cualquier día es semejante a un precipicio» (en «Resurrección de Ícaro»).  Y esa sencillez comunicativa con la que el poeta configura cada poema es la plataforma más útil para que el lector comprenda sus tesis. No se trata aquí de un iluminado que divaga intentando estar por encima de sus semejantes; no, el poeta le habla a sus semejantes como a un igual, sabiendo que quizás sus dudas y preocupaciones sean las mismas, aunque eso sí, lo hace con una altura cultural en la que quizás esa contraparte perderá algunas claves del mensaje. («No pierde la costumbre ese Jacob / de ascender por los sueños más salvajes«, dice en «Costumbre de Jacob», poema que cobra un valor más universal y menos humano (está dedicado al poeta Pablo Armando Fernández), si no se pierde de vista a ese Jacob que se creció como un grande de la Biblia desde que, siendo un niño, se cambió por su hermano mayor Esaú para ganarle el derecho a la primogenitura y así poder cumplir sus sueños).

Aún así, José Antonio Gutiérrez apuesta en esta obra por la polifonía del arte. Y esa es una juiciosa apuesta. Sabía (sabe) que cada poema será leído (es decir, asimilado) de acuerdo a las circunstancias de vida, a las experiencias, a la cultura, los traumas, marcas y sueños que tenga cada lector. Hoy, que he vuelto a leer Manía de Ángel porque su autor me cedió el honor de escribir estas palabras para una nueva edición, ampliada, que me dice se llamará El ángel no escarmienta, he revivido todos aquellos momentos, he recordado todos los guiños que me hicieron estos poemas, he vuelto a tener incluso delante de mí a los fantasmas (los de luz y los de sombra) que me habitaban entonces. Y esa es la última virtud que quiero mencionar de este libro: Manía de ángel no ha envejecido, aunque han pasado ya más de 30 años. ¿De cuántos libros se puede decir que apuestan por lo eterno? 

  Amir Valle, Berlín y enero 2019

Miami, 5 de noviembre del 2022.

5 respuestas hasta “«A cierto ángel rebelde y taciturno»: Palabras para la Segunda y nueva edición, ampliada (EL ANGEL NO ESCARMIENTA), del poemario MANIA DE ANGEL (1986), del cubano José Antonio Gutiérrez…”

  1. Sigamos en la lucha José Antonio, estamos vivos, busquemos el éxito.

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  2. Un libro hermoso que se enriquece para hacernos sentir el impacto de la memoria irreverente. Excelente comentario crítico.

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